Facultad de Psicología

Ensayos primeros "Antropología, mujeres y acumulación originaria"

Por Silvana Vignale[1]

 

 

En nuestra materia, Antropología Filosófica y Sociocultural, en la carrera de Licenciatura en Psicología, buscamos problematizar cuestiones actuales a la luz de la teoría y de una genealogía de los problemas, que nos permitan comprender los y las sujetos que somos en el presente. En tal sentido, y como diagnóstico de nuestra actualidad, conviene preguntarse no solamente ¿quiénes somos hoy? Sino también ¿cómo hemos llegado a ser los y las que somos?

 

Es así que nos interesa estudiar el nacimiento de la Antropología como disciplina científica, y repasar el desarrollo de la misma a partir de sus diversas corrientes en el siglo XIX y XX, así como sobre el problema de la declinación de su objeto. Es relevante la comprensión del contexto histórico y político para el nacimiento de la Antropología como ciencia, en consonancia con el desarrollo de las fases del capitalismo y sus consecuencias. Desde este punto de vista, ningún saber se encuentra exento de atravesamientos políticos y económicos en relación a la producción del conocimiento científico, y la Antropología no escapa a ello, constituyéndose como ciencia en pleno auge del imperialismo y colonialismo. Esto trae consecuencias históricas y políticas relativas a una determinada comprensión de la idea de “hombre” y del progreso de la cultura –por ejemplo, con el etnocentrismo– y a la legitimación de determinadas prácticas sociales y políticas de inclusión–exclusión, tanto en relación a la constitución de los Estados Nación, como al colonialismo y poscolonialismo.

 

Abordamos también en nuestra materia problemas referidos a la constitución de conceptos fundantes en la modernidad en relación al problema del hombre –como por ejemplo el de “individuo”–. Con ello se busca realizar un diagnóstico del presente, es decir, la posibilidad de determinar mediante un trabajo genealógico, la constitución de las subjetividades contemporáneas. Las ideas de la Ilustración y el proceso de secularización que se lleva a cabo en la modernidad ofrecen un marco de referencia histórico que permite entender procesos diferentes como el nacimiento del capitalismo y la conquista de América y su justificación “racional”, y a su vez, la comprensión de que uno y otro se encuentran vinculados. La paradojal dupla de libertad y obediencia, que caracterizan a la época moderna –aspectos expresados por Immanuel Kant en relación a la Ilustración–, dan lugar a la constitución de fenómenos diversos: la burguesía como clase dominante, la aparición de la propiedad privada y el trabajo enajenado, la justificación racional de la dominación de unos sobre otros –sea en la forma del colonialismo o del patriarcado, más antiguo incluso–.

 

Las transformaciones más recientes, fruto de las crisis de las guerras mundiales, la globalización y el avance de las tecnologías, nos colocan en un nuevo escenario biopolítico y biocapitalista, mediante determinados procesos de regulación de la vida de la población. Esto supone la comprensión del desplazamiento de las sociedades disciplinarias –centradas en un determinado ejercicio del poder sobre los cuerpos, y de su funcionamiento– a sociedades de control. Y, en definitiva, de una reestructuración general del sistema capitalista. En este sentido, el neoliberalismo se constituye no como una doctrina económica, sino como una nueva forma de gubernamentalidad, que no sólo gobierna a los hombres, sino que produce determinadas formas de subjetividad. Con esto último, se hace necesario resituar el problema antropológico en términos de las formas de constitución subjetiva en nuestro presente, en cuanto se encuentran imbricadas a las realidades políticas y económicas globales, y a las nuevas formas de diagramación y de ejercicio del poder, en un diálogo interdisciplinario entre los estudios culturales, la filosofía y aportes del cruce con el psicoanálisis.

 

En lo que sigue, presentamos dos ensayos de estudiantes de Segundo Año, del año en curso, que abordan crítica y problemáticamente los temas de la materia. Por una parte, ¿Siglo XXI o XVI?, de Martina Labay y Magdalena Pina, aborda desde una perspectiva histórica el anudamiento entre colonialismo, capitalismo y patriarcado, buscando mostrar continuidades en los modos de sojuzgamiento de cinco siglos de data. Por otra parte, Un sujeto de diccionario: capitalismo, colonialismo y patriarcado, de Julieta Hidalgo y Martina Oliva, presentan de forma metafórica al Imperio Co-ca-pa –colonialismo, capitalismo, patriarcado, presentados como “aliados”–, realizando una revisión crítica de estos aliados tomando como punto de partida la etimología de la palabra sujeto, para dar cuenta de los sujetos que somos en nuestro presente.

 

Apoyamos e incentivamos estos ensayos primeros para la formación de las y los futuros profesionales, su perspectiva crítica y su deseo por contribuir a ampliar los horizontes de nuestras reflexiones.

 

[1] Profesora Titular de Filosofía y de Antropología Filosófica y Sociocultural, Licenciatura en Psicología, Facultad de Psicología, Universidad del Aconcagua. Investigadora en CONICET.

¿Siglo XXI o siglo XVI?

 

Por Martina Labay y Magdalena Pina

 

 

En el siguiente trabajo, realizaremos un análisis de la realidad basándonos en algunos de los postulados propuestos por Karl Marx, Silvia Federici y Rita Laura Segato.

 

En la actualidad, vemos cotidianamente situaciones similares a las que ocurrían en los siglos XVI y XVII, y también, analizándolas, vemos el porqué de lo que ocurre hoy en día.

 

A nosotras, como estudiantes universitarias mujeres blancas de una universidad privada, nos gustaría visibilizar la diferencia de nuestra realidad con la de otras mujeres que no han tenido las mismas oportunidades. Y podríamos pensar ¿Por qué no tuvieron las mismas oportunidades que nosotras? ¿Por qué la vida de una persona está altamente condicionada desde el momento en el que nace por la situación socio-económica que lx rodea? Para buscar respuestas a estas preguntas, nos remontaremos al pasado, a fines del XV, XVI y XVII.

 

¿Qué es lo que hace que el/la pobre, el/la obrerx trabajador/a, esté en relación de dependencia con el/la burgués/a? A partir del siglo XV, a fin de explorar nuevos territorios para recaudar nuevas riquezas, se descubrieron grandes tierras poseedoras de oro y plata. En ellas, habitaban miles de tribus indígenas que fueron despojadas de sus hogares por los europeos. Como señala Karl Marx “la violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva. Ella misma es una potencia económica” (Marx, 2012, p. 940). Muchxs de lxs nativxs fueron reducidxs a la esclavitud, mientras que otrxs quedaron sin poder trabajar sus tierras, situación que lxs llevó al vagabundaje. Las personas que no podían ejercer ninguna actividad económica eran penadas por la ley y se los castigaba con latigazos, violentos tormentos y hierros candentes. Así, estxs hombres y mujeres se veían obligadxs a aceptar trabajos mal remunerados, enajenando su fuerza de trabajo y estableciendo con su patrón una relación de dependencia, en la que sus hijxs también se verían involucrados e incapaces de independizarse de esa condición. Algo muy similar ocurre en la actualidad, cuando el sistema rechaza y discrimina a algunas personas por su condición socio-económica (pobreza que el mismo sistema provoca), dejándola fuera de la esfera laboral, perpetuando su condición de vulnerabilidad. Por ejemplo, las personas con domicilios en barrios vulnerables muchas veces son rechazadas en el campo laboral por su situación (y muchas veces, por su vestimenta) negándoles la posibilidad de inserción en la sociedad. ¿Cuántas veces hemos escuchado decir “el/la pobre es pobre porque quiere”, “a estos “trapitos” no les voy a dar nada porque no quieren salir a trabajar”? Claramente podemos ver esbozos de lo que Marx planteaba: negación por parte del sistema y rechazo a la “vagancia” por parte de la sociedad.

 

Teniendo en cuenta lo anteriormente mencionado, nosotras pensamos que peor que ser pobre, es ser mujer pobre, porque siempre estamos en una situación desigual con respecto al sexo masculino. Federici lo introduce del siguiente modo:

 

“Si Marx examina la acumulación primitiva desde el punto de vista del proletariado asalariado de sexo masculino y el desarrollo de la producción de mercancías, yo la examino desde el punto de vista de los cambios que introduce en la posición social de las mujeres y en la producción de la fuerza de trabajo” (Federici, 2016, p. 23).

 

En el siglo XVI, las mujeres no tenían control alguno sobre sus cuerpos, el Estado se había encargado de degradar la maternidad y se las había forzado a reproducir en contra de su voluntad. Habían perdido los trabajos que anteriormente realizaban exclusivamente ellas, como la partería y la destilación de la cerveza. Como proletarias, les era mucho más difícil conseguir trabajo, y el que consiguieran era de una condición más baja y peor pagado que el que podía llegar a conseguir un hombre. Estaban destinadas a ser tejedoras, sirvientas domésticas, vendedoras ambulantes, peonas rurales o amas de crianza.  En la industria artesanal de una familia, era la mujer quien proveía al marido de ayuda, de hijxs que luego se ocuparan del negocio y cuidaban de su integridad física. Aunque la esposa trabajara a la par que su marido, no recibía ninguna paga por el trabajo realizado, toda la ganancia era destinada al varón, haciéndola incapaz de mantenerse por sí misma (reproduciéndose en el seno familiar, el mismo esquema de dominación que mencionamos en el colonialismo y el capitalismo, pero esta vez no solo del hombre sobre el hombre, sino del hombre sobre la mujer).

 

Debido a esta situación de vulnerabilidad y trabajo no remunerado, mucha población femenina de bajos recursos, comenzó a dedicarse a la prostitución. Cuando se convirtió en una fuente de ingresos importante para las mujeres, el Estado restringió y criminalizó esta práctica, discriminando a las mujeres que la realizaban y torturándolas violentamente (en Francia, por ejemplo, durante el siglo XVI, la violación a una mujer que ejercía la prostitución no estaba penalizada). En pleno siglo XXI, podemos observar que la prostitución sigue siendo un tema controversial, en la que por un lado la postura abolicionista plantea que hay que prohibir esta práctica, afirmando que ninguna mujer con opciones económicas suficientes elegiría como primer oficio el trabajo sexual (y ponemos el acento en que peor que ser mujer pobre, es ser mujer trans pobre, porque ellas no son socialmente aceptadas en el ámbito laboral, por lo que sus opciones son acotadas y muchas veces tiene que recurrir a esta práctica); por otro lado, la postura regulacionista postula que algunas mujeres que tienen varias opciones laborales, deciden dedicarse a la prostitución, y que se debe ejercer cierto control para evitar las redes de trata, pero que no debe prohibirse.

 

Las mujeres, una vez más, quedaban encerradas por el sistema capitalista en un círculo vicioso: desposeídas de sus tierras, sin oportunidades laborales y “obligadas” a ejercer una práctica que luego fue penalizada. No contaban con la protección del Estado, ya que éste las veía como máquinas reproductivas, y con ayuda de la Iglesia se había desatado una guerra contra ellas queriendo ejercer el control sobre sus cuerpos y lo que hicieran con él. Mediante la caza de brujas, se criticó y se juzgó con violencia cualquier forma de control de la natalidad y se persiguió a las mujeres que ejercían su sexualidad con un fin no reproductivo. Para ejercer un control más severo hacia las mujeres, los gobiernos de la época les prohibieron abortar, consumir cualquier método anticonceptivo y el infanticidio. En palabras de Silvia Federici “Marx nunca reconoció que la procreación pudiera convertirse en un terreno de explotación, y al mismo tiempo, de resistencia” (Federici, 2012, p. 139).

 

Entonces, ¿por qué nosotras nos preguntamos “Siglo XXI o siglo XVI”? Estudiando a estxs autores, nos dimos cuenta de que lo expuesto no es tan lejano a la realidad que vivimos hoy. Socialmente, las mujeres seguimos estando en una situación de vulnerabilidad y no podemos independizarnos totalmente del rol que se nos había asignado en aquella época: tener hijxs, criarlxs y ser ama de casa, entre otros. Parafraseando a Rita Segato, afirmamos que para que el sistema se sostenga, la mujer debe seguir cumpliendo esa función y no debe salirse de ese lugar de dependencia.

 

Segato realiza una alegoría planteando que la sociedad se estructura en forma de pirámide equilibrista, en la que todas las personas e instituciones se superponen unas a otras y en la base de ésta, se encuentra la mujer. Por lo tanto, podríamos pensar que es la mujer la que “sostiene” al resto de la sociedad, que, si ella cambia, el sistema también. Todo se estructura a partir de ella. El feminismo sigue luchando constantemente en la conquista de derechos y en la equidad de género, y cada vez que se conquista un derecho femenino, como anteriormente dijimos, toda la estructura de la sociedad cambia.

 

Como conclusión, queríamos nombrar al historiador Felipe Pigna, quien en su libro “Mujeres tenían que ser”, plantea lo siguiente:

 

“Hace más de dos siglos, Charles Fourier aseguraba que “los progresos sociales y cambios de época se operan en proporción al progreso de las mujeres hacia la libertad”. La historia argentina, desde la conquista española hasta la actualidad corrobora a diario la afirmación del socialista utópico francés”. (Pigna, 2019, p.12)

Un sujeto de diccionario: capitalismo, colonialismo y patriarcado

 

Por Julieta Hidalgo y Martina Oliva

 

Parece realmente extraño que leyendo escritos sobre contextos mundiales de hace siglos, nosotros y nosotras, actualmente, podamos encontrarnos e identificarnos con y en ellos. Ciertamente nada tiene esto de extraño, ya que el sujeto que somos hoy está largamente      tiznado por lo que ha sido el sujeto de ayer. Este ha ido viajando por diversos parajes e infiernos, gracias a los cuales ha ido tomando forma e impulso para poder ser lo que es.

 

En el transcurrir histórico de la humanidad, el sujeto ha ido tomando decisiones y papeles que competen a nuestro conocimiento porque hoy, como psicólogos y psicólogas, nada más importante que conocer cómo el sujeto moderno ha sido atravesado por la historia. Si intentásemos hacer una descripción genérica y universal del hombre actual, podríamos conseguirlo sin lugar a dudas, y esto se lo debemos, en gran parte, a la mano de tres populares, entusiastas y poderosos hombres que ayudaron a la concreción de esta imagen global que tenemos de “sujeto moderno”; estos son: el colonialismo, el capitalismo y el patriarcado. A estos tres vamos a entenderlos como aliados, y diremos que constituyen el “Imperio Co-Ca-Pa”. Comprender esta triada como una hermandad, es en el sentido de que estos parecen haber surgido de la misma raíz, de la misma madre.

 

Observamos que, en cada aliado, se constituye una situación dual de vínculo relacionada con el poder, el prestigio y el dominio. En el colonialismo encontramos al colono, blanco y europeo en contraste con el nativo, salvaje e incivilizado; en el capitalismo encontramos al empresario mercantilista, burgués y rico en contraste con el proletariado, mendigo y pobre; y en el patriarcado encontramos al género masculino en contraste con el  género femenino. Esta dicotomía no es en realidad tan estricta, sino que todos los aliados cumplen funciones en la división humana del género, del trabajo y del sesgo racial. El producto más claro de esta hermandad es el reflejado en el rol femenino. En el escrito de Rita Segato se contempla un “esquema binario y minorizador” (Segato, 2016, p. 95) de la mujer, en el que su lugar dentro de la esfera pública, que en realidad no existe, es resultado del agente colonizador, agente que generó la gran partición entre el mundo público, político y masculino y el mundo privado, doméstico y femenino. Este fenómeno es también, evidentemente, acción de la mano patriarcal, quien posiciona a la mujer en el lugar de lo residual, de lo restante, de lo Otro. No suficiente con ello, tuvo que también darle una posición “sin-posición” en la historia, contándose así una “historia de los hombres” (entendido este como sujeto humano universal), acto que se ve reflejado en el escrito de Marx. Este hace una crítica exacerbante al cruel y sanguinario proceso capitalista, en el cual margina totalmente a la mujer de este proceso. Aparece Silvia Federici atacando esta expulsión de la mujer de la acumulación originaria del capital, que fue, en realidad, esencial para el proceso mercantil, ya que su rol en esto fue la de ser un excelente recurso natural, una excelente trabajadora sin salario y una muy buena máquina vital generadora de mano de obra para trabajar. Y esto, que se entienda, no difiere en lo absoluto de la novela contemporánea y de las películas que nos encontramos hoy en cartelera tituladas: “Calladita te ves más bonita” y “¿Para cuándo los nietos?”, ni tampoco de las enormes y varoniles publicidades de limpieza donde al parecer un “Míster músculos” nos va a venir salvar el día o donde ponernos una crema anti-edad, Made in China por cierto, nos va a hacer ver más jóvenes ¿Notan algo de distinto? Sí, nosotras tampoco.

 

Habíamos dicho al principio que si tuviésemos que dar una definición de sujeto moderno podríamos lograrlo sin más. Cuando debemos de definir algo realizamos la sencilla tarea de ir en busca de un diccionario o enciclopedia, hojear hasta encontrar la página donde se halle dicho concepto, asentarnos en ella y leer lo breve escrito allí. También, nos resulta     muy útil apoyarnos en el origen etimológico de la misma, es decir, de dónde y de que idioma proviene la palabra. Bueno, comencemos entonces a definir al “sujeto moderno” por su origen. Según la etimología, la palabra “sujeto”, proviene del latín subjectus que significa “poner debajo” o “someter”. Ahora, de acuerdo con el diccionario, dicha palabra presenta múltiples definiciones, entre ellas encontramos una que hace referencia a esta como la acción de    sujetar algo para que no se pueda mover, caer o escapar, también aparece definida en relación a estar expuesto o sometido bajo algo, por ejemplo: “estar sometido bajo la ley”. Otras formas son la utilizada de manera despectiva (en otros países) para referirse a una persona cuyo nombre se desconoce y la aplicada filosóficamente que indica al individuo, al ser pensante, en oposición a las ideas y a las cosas. No sé ustedes, pero esto da mucho material que debatir a nosotras y a nuestras ideas, y creemos ver muy a la luz el resultado del análisis. Podemos encontrar un gran puente conector entre los significados expuestos, y que no aluden en lo absoluto a nuestra sorpresa ¿O acaso no nos sentimos sujetos en el sentido filosófico del ser como persona y sujetos en el sentido de estar sujetados, atados, agarrados, inmóviles, definidos, estáticos, amarrados, tomados o sometidos? Espero que su respuesta sea que sí, porque la realidad es que así es. Somos sujetos sujetados: sujetados a un sistema, a un modelo, a un canon, a una moda, a una ley y a un estilo que nos define, que define la vida del sujeto moderno al igual que lo hacen los diccionarios, pero no el diccionario de la Real Academia Española o el de Oxford, sino el diccionario creado por el “Imperio Co-Ca-Pa”.

 

Como primer elemento para este desglose vamos a centrarnos en el colonialismo. La conquista y creación de colonias, creemos que dio fuerte impulso para el cultivo de pensamientos machistas y consumistas. Esto es así principalmente por la idea que imparte la acción de “conquistar”: la posesión, el arrebato, la dependencia, la subordinación, la disciplina. Son todas formas que nos remiten al acto colonizador y que de alguna manera los absorbe el patriarca y el joven capitalista para poder desplegarlos en su tablero de juego. El proceso colonial fue el creador de un gran teatro y de muchos personajes a lo largo de la historia, a los cuales dio lugares y funciones, logró montar un escenario y se consagró director de la gran obra “Los hijos del colonialismo”. Al parecer tuvo mucho éxito porque hoy existe otra compañía que se despliega de manera similar y se hacen llamar neocolonialismo. Este, a diferencia del colonialismo, no ejerce un dominio directo sobre otros territorios, pero sí logra influir secretamente, o no tan secretamente, sobre la política, economía, cultura e ideología   de otros Estados independientes. Con esta forma de expansionismo se logra lo que vamos a llamar monoculturalización global. Esto es un fenómeno masivo que inserta en los individuos un mismo ADN político, social, económico, ideológico y por supuesto cultural. Esto ha puesto en crisis muchas culturas y a la antropología en sí, que está perdiendo (por no decir que ya lo está) todo el campo de su investigación, y ha creado una idea unificada de lo que debemos   ser, de cómo debemos actuar, comer, vestir y hasta incluso amar. Y cuidado con aquellos que no se acoplen, que no se amolden a la estructura colonial vigente, porque el que se desliza fuera de los andares se convierte en desobediente, vándalo y criminal.

 

Encontrémonos ahora con el capitalismo. La imperiosa mente maestra del capitalismo consideró que las cosas y personas deben de estar regidas por la relación fluctuante de la oferta y la demanda. Esta “ley natural”, que exhibe en su mercado toda piedra   que en su camino se le cruza, encontró una vez otras piedras sobre las que acentuó un enérgico interés. Una de las piedras correspondía al tiempo y la otra a la felicidad. Resulta que para el sistema capitalista el tiempo es sumamente valioso. Es la dimensión finita en la que se desarrolla el sujeto, bajo la cual se rige y sobre la cual la astucia empresarial dispone una cronometría que permite hacer de este algo medible y manipulable. De este mundo temporal crea un mercado donde el tiempo es ofertado, demandado, vendido, consumido, usado, gastado y agotado. Con la felicidad ocurre algo similar, con la pequeña diferencia de que a esta la hace un objeto dependiente ¿Dependiente de qué? Del tiempo. Ahora que el capitalista expropió los feudos, que eran propiedad privada individual, y los convirtió en   propiedades privadas capitalistas, necesita de manos humanas y horas de vida para labrarlas. Para ello propone una especia de trueque o canje monetario, que se titula algo así: “Trabajo-Dinero-Consumo”. Esta relación es pensada no de manera lineal y estática, sino en función de lo circular, de lo vicioso y de lo dinámico. Las piedras del tiempo y de la felicidad juegan todo el tiempo en este circo y son inseparables. La felicidad, propósito último de nuestra existencia, es maravillosamente ofertada en grandes góndolas y esbeltos maniquíes, y es totalmente consumida porque, precisamente, queremos ser felices. La magia radica en la llamativa envoltura de los caramelos y en las luminosas y coloridas publicidades que, acompañada de fotos de seres sonrientes, imprimen en grande: “Destapá felicidad”. Y nosotros, que poseemos cuerpos de plastilina y mentes de esponjas, absorbemos todo ese parafraseo, lo archivamos y quedamos formateados de por vida. La cuestión emergente de esto es cómo el capitalismo es agente interviniente de todo acto humano, como en realidad, el título inicial de todo era “Trabajo-Consumo”, sin el dinero o el capital de por medio. Tuvo que necesariamente penetrar en el sujeto, pensante y actuante, para que este considere al trabajo asalariado como el medio necesario para poder vivir, vendiendo en envases la felicidad y comprando con bonos de sueldo el tiempo. El ejercicio mercantil no radicó únicamente en expropiar tierras y poner plantas industriales, esto surge de un cambio en la concepción de vida, de la cultura, de las creencias, de la necesidad, del implemento de legislaciones sanguinarias y de la violencia, de la división entre hombres y mujeres. Esto requirió de la mano de muchas disciplinas, como la psicológica y la medicina, también de un estudio exhaustivo de la anatomía humana y de las formas de dominación de los cuerpos y del intelectualismo. Ahora que lo vemos, no difiere mucho de lo que propone el colonialismo:  implantar una idea y cambiar una cultura. Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera, dice José Hernández. Quizás estos están más unidos de lo que pensamos.

 

Llegamos al último de los aliados, el más codiciado en tratar por nosotras, mujeres, que somos producto de este. El patriarcado ha sido, y aun es, la mano que trenza sin cesar el hilo invisible que une a este con el capitalismo y el colonialismo. Este hilo es de suma importancia, pero se ha mantenido muy en las penumbras y bajo secreto universal. Este ser invisible, la mujer, es convertido en partícipe necesario de este movimiento de potencias, y ha contribuido enormemente en la concreción de sus planes. El hombre universal ha descubierto lo esencial de este sistema para la sustentación del edificio de todos los poderes y de todas las desigualdades. La escisión dentro de la clase trabajadora, entre hombres y mujeres, ha sido causante de la acumulación primitiva del capital y de la acumulación de diferencias, de la estratificación de clases, de la privatización del suelo doméstico femenino, de las ideas falocentristas, de la idea de una superioridad e inferioridad “biológica”, de los feminicidios y del surgimiento de un movimiento feminista, de violencia doméstica e intrafamiliar, y así la lista continúa. El poder, que es el fin último del “Imperio Co-Ca-Pa”, es obtenido por medio de la violencia, y qué es de este sin el sujeto que es víctima, sin la mujer que es víctima. El patriarcado tuvo que poner en el pedestal al hombre y este sería    venerado como un rey, y solo con la reverencia de sus casaderas lograría tal gloria. Por alguna razón, entonces y hoy, nuestros antagonistas, dueños del mundo, de la riqueza y el dinero, se encargan de poner en la tapa de los diarios: “Leo Messi batió el récord mundial de goles”, y quizás en algún artículo relegado: “Futbol femenino: el mundial de 2023 ya tiene su calendario confirmado”; de regalar pelotas, camiones y superhéroes a los niños, y bebotes, cocinas y escobas a las niñas. El tiñe en nuestras ropas y zapatos, en nuestras conversaciones y en nuestros vínculos, es de este (y de todos los hermanos): “el rosa las nenas y el azul los    varones”, “¿estás segura que vas a salir vestida así?”, “hoy tengo que limpiar la casa porque vienen los amigos de mi esposo”, “como te va a gustar ver novelas, eso es de mujeres”.

 

Así es como el imperio entreteje las rutas por las que manejamos y nos van atando piolines en los brazos y piernas para que no nos descarrilemos. Sujetos libres, pero no tan libres. Sujetos maleables, frágiles, que castigan al que se aparta del camino, en vez de entenderlo como una víctima del sistema, y todo porque el mismo sistema nos emparcha la idea de que “el pobre es pobre porque quiere”. Sujetos constantemente atentos y en la mira   de las nuevas tendencias y modas, consumidores compulsivos de felicidad envasada, superflua y efímera, y ultra conocedores de medir el éxito con termómetros económicos. Sujetos escritos por los mismos autores, autores que decidieron quien sería el bueno y quién el malo, quién el rico y quién el pobre, quien el poderoso y quién el débil. Y así, toda una masa pantanosa y flotante de cabezas de diccionario, dominadas por ideas capitalistas, coloniales y patriarcales, parecen ser el común denominador del sujeto moderno.

 

Referencias

 

FEDERICI, Silvia (2016). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires, Tinta Limón.

MARX, Karl. El capital. Vol. 3, Tomo I. Buenos Aires, siglo XXI, 2012. Selección: Capítulo XXIV: La llamada acumulación originaria.

SEGATO, Rita L. (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficante de sueños. Selección: Patriarcado: del borde al centro. Disciplinamiento, territorialidad y crueldad en la fase apocalíptica del capital. Pp. 91-107.