DERIG: Área Niñez y Adolescencia: “Pensar la perfección en las redes sociales”


Autora: Nut.Esp. Giorlando Noelia (Mat.907) - Miembro del Programa Ser Vos - Fundacion CETAI.-
 
Nadie puede negar el poder (influencia) de las redes sociales; esta espacialidad infinita, sin límites, ni tiempo, que convoca, deslumbra y por momentos también asusta, ofrece posibilidades, cuerpos, historias, donde podemos convertirnos en quienes deseamos o sentimos que debemos ser, la exposición tienta; puedo estar y no estar en segundos, puedo ver sin que me miren, puedo por momentos huir de la (mi) realidad, ¿pero… esa presencia cuenta? ¿O sólo desaparezco?
 
Pensar, racionalizar que millones de miradas nos observan y opinan parece una locura, pero sin embargo está paranoia social, aceptada y buscada, establece sus propios códigos de convivencia y supervivencia, llevándose gran parte de nuestra vida real.
 
Cuando niños y adolescentes se encuentran demasiado tiempo expuestos a contenidos, que cognitiva y emocionalmente no pueden manejar, tolerar o elaborar, estas imágenes y palabras, se internalizan como sólidas creencias y se incrustan en la mente en desarrollo, lo que desencadena verdaderas conductas de riesgo, lejos de la ficción.

Se ha estudiado cómo las opiniones e imágenes masivas y accesibles, afectan la autoestima de muchos niños y adolescentes, alterando la percepción de si mismos y de su imagen corporal desembocando en conductas disfuncionales para satisfacer este malestar como dietas extremas y hasta autolesiones.
 
Las redes funcionan como fuente nutricia del problema, ya que se desarrolla un círculo interminable, alimentado por la búsqueda constante de aprobación frente a las miradas de un Otro desconocido, pero omnipresente, que enjuicia, sanciona y maltrata con emojis, likes y todo tipo de filtros. Frente a esto, el cuerpo se cosifica, pierde identidad, subjetividad, se pule digitalmente, a tal punto que queda perfecto… pero no existe… ¿Cómo puedo entonces tolerar lo que sí existe?
 
Las redes son referentes de felicidad y éxito personal, sólo se gusta lo cuasi perfecto, la moda, los cuerpos, lo uniforme, como si la persona que habita allí, sus habilidades y capacidades no tuvieran valor. No se siguen "los aspectos que no se ven", que no son material “mostrable”. Pregunto entonces, ¿Cuántos perfiles puede tener una persona? ¿Cuántos cuerpos?
 
Entre lo real y posible y el mundo digital y bello, hay un abismo (vacío) emocional y nadie llega hasta el otro lado sin lastimarse. ¿Es todo tan perfecto como parece, como lo muestran, como lo quiero ver? ¿Qué se puede “compartir” en las redes? Lo que yo quiero, lo que ellos quieren. De todas maneras, sólo puedo mostrar un pedacito de mi vida; el alegre, el bonito… ¿y qué hago con el resto? ¿Con las crisis, los duelos, mis días tristes, las puedo compartir o las tengo que esconder? Me disocio, me parto al medio y “elijo”, o eso creo, qué mostrar, como una puesta en escena. 

¿Quién soy yo entonces? ¿Lo que muestro? ¿Lo que escondo? ¿Las dos cosas o ninguna? ¿Y dónde me encuentro si me pierdo en esta vida existencial – virtual?
 
Ser autocríticos, valorar otros aspectos propios y ajenos, buscar espacios de diálogo real, mirar a los ojos… son conductas valientes que rescatan a la persona de ser sólo una apariencia retocada, un perfil sin cuerpo. Permiten una atención responsable hacia uno mismo, una integración saludable de la totalidad singular como persona. Dejar por un momento el celular y conectar con el entorno es una de las acciones de autocuidado y protección más bonitas que nos sujetan a los aspectos más humanos y sensibles de nuestras vidas.
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